¿Hasta cuándo?

Referendum, ¿revancha del 2016 o primera vuelta del 2021?

Quizás no se entiende que reformas de Estado de esta envergadura son procesos y no actos. En realidad, el referéndum no terminará el diseño del Estado democrático al que aspira el 90% de la población, marcará si pilares centrales de este diseño y deberá zanjar una nueva mayoría nacional. El referéndum deberá corregir el espejismo que la cifra repartidora construyó, de un país de dos mitades. Esto nos ha puesto ante una democracia permanentemente al borde de la ingobernabilidad.

Juan Arroyo10 de agosto 2018

Publicado: 2018-08-12


La bandera de la anti-corrupción no había sido el eje de delimitación de campos en la política peruana desde el año 2000. Tumbó entonces al fujimorismo y ahora parece estar volviendo a hacerlo.

Sin embargo, esta crisis es en cámara lenta y otorga por tanto espacio para que los representantes de la corrupción se rearmen. Si logran replantear el sentido en que el Presidente Vizcarra planteó el referéndum, podrían disfrazar o hasta evitar, su derrota. Por eso es importante para ellos modificar las propuestas del mensaje presidencial y postergar el referéndum.

Esto es lo que no entienden las decenas de especialistas en teoría del Estado que últimamente han aparecido, que incrementan la confusión con nuevas propuestas, lo que conviene al Estado de los “hermanitos”. Nada está escrito en piedra, pero los pormenores de las reformas son eso, pormenores.

Quizás no se entiende que reformas de Estado de esta envergadura son procesos y no actos. En realidad, el referéndum no terminará el diseño del Estado democrático al que aspira el 90% de la población, marcará si pilares centrales de este diseño y deberá zanjar una nueva mayoría nacional.

Lo que vale para nuestros dilemas actuales es que el referéndum deberá corregir el espejismo que la cifra repartidora construyó, de un país de dos mitades. Esto nos ha puesto ante una democracia permanentemente al borde de la ingobernabilidad.

Desde que entró PPK en julio del 2016 ha habido tres estrategias políticas para resolver este empate entre el Ejecutivo y el Congreso.

La primera fue la del mismo PPK, que intentó quebrar el equilibrio con el fujimorismo por la vía de dividirlo, negociando a cambio, el indulto con Kenji y Alberto.

La segunda fue la de Vizcarra bajo la hegemonía de la estrategia de César Villanueva, según la cual, si no se podía doblegar al enemigo, había que amistarse y subordinarse a él. Ésta rigió desde el 23 de marzo a julio de este año. Produjo parálisis y dispersión del bloque ganador en las elecciones del 2016, y una aún más baja gobernabilidad y legitimidad que la del primer periodo de PPK.

La tercera estrategia es un desafío en buena lid, desde el oficialismo a la oposición, a dirimir por la vía de las urnas, quien tiene realmente, ahora, la mayoría. Esta estrategia ha otorgado nueva legitimidad a la Presidencia y de rebote al Ejecutivo, pero traslada el problema a la consolidación del bloque de fuerzas anti-corrupción y a su liderazgo sostenido. Esta no es una carrera de 100 metros, es una maratón.

De un lado entonces está el bloque naranja, sumando caciques regionales y provinciales, los testaferros clandestinos del narcotráfico, los dueños de universidades de garaje, los mineros ilegales, los transportistas reacios a la reforma del transporte, los jueces venales, los candidatos que entran a robar y todos los dispuestos a instalar un Perú tribal. Éste es su proyecto de país: un Perú tribal.

Del otro lado está el mayoritario bloque anti fujimorista, que es todo un archipiélago de matices e intereses de la población indignada, a la búsqueda de una representación ahora sí decente.

Es a esta nueva mayoría nacional que desean conquistar los morados, las izquierdas clásicas y no clásicas, los social-liberales, los liberales químicamente puros y los liberal-mercantilistas. 

La caída de PPK representó un duro golpe al proyecto liberal-mercantilista que nos ha estado conduciendo en el periodo post fujimorista 2001-2017. En realidad, el proyecto de país tribal, mafioso y narcotizado es el más peligroso, pero no se trata de volver al Perú de las puertas giratorias. La mayoría ha votado en las calles por un Perú decente, democrático, justo y pundonoroso, como lo mostró en la jornada futbolística de Rusia 2018. Las batallas se desarrollan por ahora en el Ejecutivo, el congreso, las calles y las redes. Los partidos están muy débiles y los periodistas y políticos en medios digitales son los principales formadores de opinión.

Este referéndum comienza a definir, por tanto, más conscientemente, el Perú posterior al 2021. Aparece como la revancha del 2016, para aclararle a la “fuerza 1” quién realmente ganó, pero también es la primera vuelta del 2021.


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